LA PROMOCIÓN DE LA JUSTICIA Y LA FORMACIÓN EN LAS ASOCIACIONES DE ANTIGUOS ALUMNOS. (P. ARRUPE)
A. Presentación del tema.
a) Educación para la Justicia.
El tema de la «educación para la Justicia» se ha convertido en los últimos años en una de las grandes preocupaciones de la Iglesia. De un modo muy especial se ha ocupado de él el último Sínodo de Obispos, al abordar el tema de la «Justicia en el Mundo».
b) El hombre para los demás.
Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí, sino para Dios y para su Cristo, hombres para los demás, es decir, personas que no conciban el amor a Dios sin el amor al hombre.
c) Obstáculos para ello.
El mismo Sínodo nos advierte de ello y nos hace caer en la cuenta de que, en la mayor parte del mundo, es precisamente la orientación del sistema educativo vigente (en la escuela y en los medios de comunicación) la que marcha en la dirección opuesta. En vez de crear hombres con sentido social, «fomentan un cerrado individualismo» En vez de concebir la formación como una capacitación para el servicio, se fomenta «una mentalidad que exalta la posesión» y que degrada a la escuela, al colegio y a la universidad al nivel de campo de aprendizaje de técnicas para escalar puestos, ganar dinero y situarse –a veces explotadoramente- sobre los demás.
B. Actitud inicial.
Después de este preámbulo, comprenderán que no le resulta fácil a un General de la Compañía de Jesús hablar a los Antiguos Alumnos de ella, es decir, a los hombres educados por nosotros.
a) Humildad: no estamos educados.
Apoyado en esa confianza y utilizando esa sinceridad, voy a responder a una pregunta que ya hace rato flota en el aire y que más de uno de vosotros se habrá ya hecho. ¿Os hemos educado para la justicia? ¿Estáis vosotros educados para la justicia? .Respondo. Si al término «justicia», y si a la expresión «educación para la justicia» le damos toda la profundidad de que hoy la ha dotado la Iglesia, creo que tenemos que responder los jesuitas con toda humildad que no; que no os hemos educado para la justicia, tal como hoy Dios lo exige de nosotros. Y creo que puedo pediros también a vosotros la humildad de responder igualmente que no; que no estáis educados para la justicia y que tenéis que completar la educación recibida.
b) Confianza: espíritu de búsqueda propio de la Compañía.
Creo que la Compañía os ha transmitido un espíritu de búsqueda continua de la voluntad de Dios. Si no, hemos fracasado radicalmente en nuestra formación, confiamos haberos transmitido este espíritu de disponibilidad y de cambio, o dicho con lenguaje bíblico, esa capacidad de penitencia y conversión. Creo que os hemos enseñado a escuchar al Dios viviente; a leer el Evangelio de forma que a su luz seamos capaces de descubrir nuevos aspectos en el Evangelio.
Os hemos enseñado a sentir con la Iglesia, en cuyo ámbito suena, siempre antigua y siempre nueva, la Palabra de Dios, con el tono preciso que necesita cada época. Eso es lo importante y en eso estriba únicamente nuestra confianza. Por ello, a pesar de las limitaciones que haya podido tener la formación que os hemos proporcionado, si os hemos dado este espíritu, en el fondo os lo hemos dado todo. Me alegro incluso de no tener ningún motivo de vanidad para poder deciros con acento triunfal: «nosotros, los jesuitas, os lo hemos enseñado todo. Recordad simplemente nuestras enseñanzas». No; no es eso. Nuestra gloria -si tenemos alguna- o mejor nuestra alegría, no está en recordaros que sois antiguos alumnos nuestros, sino en constatar que, tal vez ayudados en algo por ese discipulado, ahora seáis con nosotros actuales alumnos y discípulos del Señor Jesús, hombres que quieren discernir su voluntad para los tiempos actuales. No os hablo por tanto como padre, sino como simple compañero. Somos todos compañeros de colegio, que juntos intentamos escuchar al Señor, sentados en los mismos bancos.
I.- LA JUSTICIA Y FORMACION PARA LA JUSTICIA
A. Punto de partida: Enseñanza y significado del Sínodo de 1971
Su aplicación al problema de la Justicia la pone en marcha con más fuerza la Encíclica Populorum Progressio. Muy poco después esta chispa, brotada del centro de la cristiandad, prende con toda fuerza en la periferia, sobre todo en las regiones más pobres. El Sínodo es sólo un fruto de ella.
Recordemos únicamente estas fechas. El 1967 publica Pablo VI la Populorum Progressio y hace alusión en ella a su viaje a la India en el 1966. En los tres años siguientes a la publicación de la Encíclica el Papa asiste y preside las Reuniones de los Obispos del Tercer Mundo, congregados para reflexionar sobre lo que Dios pide de sus Iglesias en el postconcilio y, muy en particular, en el tema de la Justicia. La Historia juzgará un día sobre la tremenda importancia de estas Reuniones que están dando un nuevo color a la Iglesia: 1968, Reunión de la Iglesia Latinoamericana en Medellín. 1969, Reunión de la Iglesia Africana en Kampala. 1970, Reunión de la Iglesia de Asia en Manila. A los Padres Sinodales se les proporcionó, como documento de trabajo, los principales textos dedicados a la Justicia en Medellín, Kampala y Manila.
b) La Introducción del Documento: actitud de escucha y resultado.
«Reunidos de todas las partes del mundo, en comunión con todos los creyentes en Cristo y con toda la familia humana y abriendo el corazón al Espíritu renovador de todas las cosas, nos hemos preguntado a nosotros mismos sobre la misión del Pueblo de Dios en la promoción de la Justicia en el mundo».
Los Obispos adelantan la respuesta que han creído oír en Dios, y que en síntesis es la siguiente: no se puede separar la predicación del Evangelio de la acción en favor de la Justicia, de la participación en la transformación del mundo y en la liberación de toda situación opresiva. Porque todo ello es parte constitutiva del Evangelio y de la misión de la Iglesia.
II.- EL HOMBRE PARA LOS DEMAS
Nos hemos reunido aquí para repensar el sentido y las metas de nuestra Asociación de Antiguos Alumnos y nos ha parecido que en principio las Asociaciones de Antiguos alumnos están hoy llamadas a ser un cauce privilegiado de formación permanente.
Hoy se habla mucho de formación permanente, pero con frecuencia se le da a dicha expresión un alcance muy limitado: el de simple puesta al día de los conocimientos técnicos y profesionales, que nos permiten seguir luchando con ventaja en la competición, cada vez más dura, de esta vida. A veces se completa dicha noción con la de reeducación de los hombres para vivir en una sociedad totalmente diferente, o incluso para capacitarlos a afrontar el reto, de un mundo en continuo cambio. Pero esta tarea, absolutamente necesaria en el mundo de hoy, no puede darnos todo; desde el punto de vista de los valores cristianos, es una tarea neutra y puede Incluso ser negativa; todo depende de la orientación de base que hayamos impreso a nuestra existencia. En la medida en que la hayamos orientado para los demás y para la justicia, la Capacitación técnica y profesional y la adquisición de un nuevo sentido en el cambio, será positiva; en la medida en que la pongamos al servicio de nuestros egoísmos personales o de grupo, será negativa, Y en toda la hipótesis, al término de la formación permanente tal como se usa de ordinario, le falta la nota más específica de toda formación cristiana: la llamada a la conversión.
Bajo el epígrafe común de «el hombre para los demás» voy a limitarme a esbozar en esta segunda parte tres series de consideraciones finales. La primera, versará sobre la justificación y el sentido general que hemos de darle a esa expresión.
La segunda, sobre una condición y cualidad indispensable que hoy ha de poseer ese hombre, si de verdad quiere servir a los demás con eficacia: la de ser un agente, un promotor del cambio. La tercera, versará sobre otra condición más radical e importante: la de ser un hombre dócil a Dios, un hombre llevado por el Espíritu, es decir, capacitado para discernir, escuchar y seguir su voz.
A. El hombre para los demás: justificación y sentido
a) Consideraciones preliminares.
En una primera aproximación de carácter filosófico parece que el hombre se caracteriza por ser un «ser para sí», un ser centrado sobre sí mismo. No se es más persona cuanto más se cierra uno sobre sí mismo, sino cuanto más se abre a los demás. El «saber» y el «tener», es decir, el centrar en sí mismo y apropiarse de las cosas con la inteligencia o con el poder, son ciertamente dimensiones enriquecedoras del hombre. Toda persona que hace crecer los «saberes» de este mundo, o los «haberes» de este mundo, para ponerlos al servicio de la humanidad, realiza una tarea de humanización propia y de humanización del mundo.
b) La deshumanización por el egoísmo.
Pero con frecuencia las cosas suceden de otro modo.
Cuando el movimiento centralizador se detiene en uno mismo, cuando se acumulan «saberes», «poderes» y «haberes» para ponerlos al servicio exclusivo de uno mismo, sustrayéndolos a los demás, entonces el proceso se pervierte y se torna deshumanizador.
En primer lugar deshumanizador de las víctimas directas de esa conducta. Lo menos que se puede decir de los hombres que no viven para los demás es que no aportan nada a sus hermanos. La escala comienza pues con un pecado de omisión, del que apenas nunca tomamos conciencia; este pecado puede adoptar simplemente la forma, concreta de una existencia ociosa, o pasar adelante y adoptar la forma de una existencia basada sobre negocios especulativos; también hay que colocar en este grupo a los que participan positivamente en el proceso productivo (haciendo crecer la riqueza o el saber), pero, aprovechándose de tal modo de su situación de privilegio y poder a la hora de fijar las contraprestaciones de todo tipo, que en definitiva el saldo resulte negativo para los más débiles.
Pero hay más: el egoísta cosifica a los mismos hombres, convirtiéndolos en objeto de explotación y dominio y apropiándose de parte del fruto de su trabajo.
En segundo lugar, y con mayor radicalidad, el hombre que no vive para los demás se deshumaniza a sí mismo. Por desgracia los casos en que este proceso se realiza son muchos, ya que para ello no es preciso poder aprovecharse de los demás, sino que basta con querer hacerlo. Si somos sinceros, todos tendemos a valorarnos a nosotros mismos con los criterios de valoración con que nos valora la sociedad. Y la sociedad no valora hoy al hombre por lo que es, ni siquiera por lo que sabe, sino simplemente por lo que tiene y por lo que puede alcanzar. Poder y riqueza son las medidas del valor. La tendencia espontánea resulta entonces la de identificarnos con nuestra riqueza. Somos y valemos a los ojos de los demás y a nuestros propios ojos, lo que vale la riqueza que poseemos. Por este procedimiento la riqueza muy pronto deja de ser medio para convertirse en fin. El hombre necesita de muy pocas cosas para vivir humanamente, pero no tiene límites en sus apetencias cuando se valora a sí mismo por la riqueza o por el poder alcanzado. Los mismos que nos quejamos de ser tratados como cosas, nos clasificamos a nosotros mismos al identificarnos con nuestras riquezas.
Tenemos la impresión de haber triunfado en la vida, no cuando nos hemos dado desinteresadamente a los demás, sino cuando, hemos escalado un puesto, coronado un negocio, afianzado una influencia, comprado una finca o engrosado el paquete de acciones.
Sin embargo hay algo en nuestro interior que se revela cada vez que consumamos en nosotros mismos esta cosificación. Nos sentimos frustrados. En el fondo sabemos que no somos ni valemos lo que tenemos. Quisiéramos, ser nosotros mismos. Pero no nos atrevemos a romper el círculo vicioso, sino que pretendemos superar la frustración empeñándonos en «tener más todavía», o lo que es peor, en «tener más que los demás», convirtiendo la vida en una competición sin sentido. La espiral de ambición, de competividad y autodestrucción se retuerce indefinidamente sobre sí misma, en círculos cada vez más amplios, que nos encadenan cada vez con más fuerza a una existencia, frustrada y deshumanizada. Con ellos hemos llegado al tercer aspecto deshumanizador, de la actitud egoísta. Esta no sólo deshumaniza a los demás y a sí mismo, sino que deshumaniza las estructuras sociales.
c) La humanidad por el amor.
Hay una frase de San Pablo que ilustra con precisión lo que pretendo mostraros. Dice así: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien». Esta enseñanza que, como veremos, se identifica con la enseñanza de Cristo, sobre el amor a los enemigos, es la piedra de, toque del cristianismo. Todos desearíamos ser buenos con los demás y todos o la mayoría, seríamos relativamente buenos en un mundo bueno. Lo difícil es ser buenos en un mundo malo; en un mundo donde el egoísmo de los demás y el egoísmo estructural nos ataca y amenaza aniquilamos. Nos parece que entonces la única reacción posible es oponer el mal al mal, el egoísmo al egoísmo, el odio al odio, hasta, a ser posible, aniquilar el agresor con sus mismas armas. Pero es precisamente entonces cuando el mal nos vence más íntima y profundamente. No sólo nos destroza exteriormente, sino que nos deshumaniza y pervierte por dentro; nos inocula su propio veneno; nos hace malos. A eso es a lo que San Pablo le llama ser vencido del mal.
El mal sólo se vence con el bien, el odio con el amor y el egoísmo con la generosidad: y todo ello es necesario en este mundo concreto para implantar la justicia. Para ser justo no basta con no aumentar por propia iniciativa la reserva ya ingente de injusticia de este mundo; es preciso además soportar generosamente los efectos de la injusticia, negarse a seguirle el juego y, sobre todo, sustituir su dinámica por la dinámica del amor. Para ello no basta un amor como el de los gentiles, que sólo aman a sus amigos y odian a sus enemigos; eso no arreglaría nada; a lo más mantendría el equilibrio. El amor cristiano en cambio es como el amor de Dios, que hace nacer su sol sobre los buenos y los malos. Amor por tanto creador que no consiste en amar lo amable, sino en amarlo todo y, a fuerza de amor, convertir en amable lo que se ama.
San Pablo nos dice en el mismo pasaje: «Bendecid a los que os persiguen, no maldigáis… sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos… antes al contrario; si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza»: ascuas de cariño que a la larga enternecerán el corazón y cambiarán a los hombres. Es preciso hacer esa siembra de amor. Poner amor donde no hay amor, para un día recoger amor. Para hacer retroceder notablemente el dominio de la injusticia, pienso que bastaría la multiplicación de una serie de grupos selectos, suficientemente coordinados, que orientaran su vida con el espíritu aquí descrito, espíritu que voy a intentar concretar algo más en el apartado siguiente.
B. Agentes y promotores del cambio. No olvidemos que la raíz del reino de la injusticia está en nosotros mismos. Educar para la justicia es por lo tanto educar para el cambio, formar hombres que sean
agentes eficaces de transformación y de cambio.
Ello requiere, según veíamos en la primera parte, un tipo de formación que nos capacite para el análisis de las situaciones que en cada caso se pretendan transformar. Esta tarea desborda evidentemente la finalidad de esta charla, aunque posiblemente no desborde la finalidad de las Asociaciones de los Antiguos Alumnos. Opino que en su seno se deberían fomentar iniciativas de este tipo a diverso nivel, con diversos grados de coordinación, y con un amplio margen de pluralismo.
Yo voy simplemente a limitarme a indicar algunas actitudes muy generales, que parece deberíamos incorporar en toda hipótesis a esas tácticas, y también a llamar la atención sobre la necesidad de fomentar una imaginación prospectiva que nos haga tomar muy en serio la tarea de construir un futuro mejor para la humanidad.
a) Actitudes generales para promover el cambio.
Primera: un decidido propósito de darle un tono de mucha mayor sencillez a nuestra vida individual, familiar, social y colectiva, frenando así la espiral del lujo y la de la competividad social. Fiestas, regalos, trajes, joyas podrían ser el objeto de drásticas reducciones, que no sólo permitirían prescindir de ciertas fuentes de ingresos (quizás no tan limpias) o de reorientarlas generosamente hacia los demás, sino que sobre todo actuarían como gestos simbólicos de tremenda eficacia social.
Un ejemplo muy simple: fácilmente la celebración social de una boda de cierto tono cuesta medio millón, o un millón de pesetas. Para conseguir la legítima satisfacción, entrañablemente humana, de la cercanía de los verdaderos amigos en esos momentos, no es preciso ese derroche. Pero, si somos sinceros, no se trata de eso; se trata ante todo de prestigio social y, con mucha frecuencia, del egoísta y calculado «toma y daca» de los regalos. A la cuenta negativa hay que añadir las perturbadoras consecuencias sociales: se fomenta la competividad social; los que comparten nuestro ambiente no pueden quedar por debajo o al menos no pueden quedar mal: la próxima boda debe ser mejor aún, aunque para ello haya que ganar el dinero como sea; una vuelta de rosca más en el tornillo del lujo y opresión, que se va así encajando cada vez
con mayor profundidad y fijeza en la estructura del mundo. El ejemplo cunde y los ambientes menos pudientes entran también en el juego, gastando a veces lo que no pueden ni tienen; al necio juego del prestigio se sacrifican entonces valores mucho más satisfactorios y profundos: una razonable luna de miel, una instalación más confortable y humana de la nueva pareja, etc.
¿Qué pasaría si un grupo de cristianos, confesando públicamente sus propósitos, se decidiera a romper con los modos usuales de actuar?: una ceremonia sencilla y verdaderamente religiosa, donde, por deseo explícito de los contrayentes, se exalte el amor entre los esposos, que pretenden sostenerse mutuamente y formar una comunidad abierta al prójimo y al servicio de una mayor humanización del mundo; dicha ceremonia vendría completada con un encuentro frugal con los amigos y la donación de una fuerte suma –la más fuerte de todos los gastos- destinada a una obra de promoción humana.
El ejemplo vale, pero vale sólo como símbolo; símbolo que no serviría para nada si no es expresión verdadera de una concepción nueva de toda Inexistencia, que debe encarnarse en otros muchos detalles. Hay que formar hombres (y también mujeres), que no sean esclavos de la sociedad de consumo, que no tengan como norma de vida ser y aparecer un poco más que los demás, sino que se propongan, hasta como ideal, quedarse siempre un poco atrás, para así ir desenroscando el tornillo del lujo y de la competividad. Hombres y mujeres, que en vez de sentirse impelidos a comprar todo lo que ha logrado comprar una familia amiga, sean capaces de ir prescindiendo de muchas cosas, de las que otros en sus mismos ambientes han prescindido, y de las que la mayoría de la humanidad se ve obligada a prescindir. El antiguo consejo dado por los moralistas, a la hora de determinar lo que era el lujo inaceptable para un cristiano, se basaba en la directiva de asimilarnos, sin excesos, a lo que es habitual en cada nivel social. Pero ese consejo está superado. Supone una sociedad estática, preocupada por la justicia individual, pero que ni siquiera se plantea el que la misma estructura social (que determina esos niveles clasificatorios de los grupos sociales) sea ella misma una encarnación de la injusticia. Pero precisamente ese es el caso, y sólo es profundamente moral una actitud que tienda a desmontar y allanar los escalones sociales establecidos. Desde otro punto de vista, hay que formar hombres y mujeres verdaderamente libres y no esclavos de la sociedad de consumo.
Hombres y mujeres que ante los anuncios de la Televisión y los escaparates de los almacenes sientan la satisfacción de poder exclamar, contentos de su propia libertad: ¡cuántas cosas hay que no necesito! ¡De cuántas no soy esclavo!
Mucho más brevemente voy a insinuar la segunda y tercera actitud fundamental. Segunda: decidido propósito no sólo de no participar en ningún lucro de origen claramente injusto, sino incluso de ir disminuyendo la propia participación en los beneficios de una estructura económico y social, injustamente organizada a favor de los más poderosos. No se trata ya de disminuir los gastos, sino, mucho más radicalmente, de disminuir los ingresos basados en estructuras injustas. Ello nos obliga de nuevo a marchar a contracorriente. En vez de tender a afianzar cada vez más nuestra posición de privilegio, hemos de ir debilitándola a favor de los menos favorecidos. En el seno de las Asociaciones de Antiguos Alumnos se deberían hacer serios y sinceros análisis para determinar en qué casos y hasta qué punto la participación en el producto social de los mejor situados (dueños de grandes capitales, grandes industriales y financieros, profesionales bien instalados, etc.) no supera lo que debería ser, si la estructura fuese más justa. Yo os pediría que no os excluyáis demasiado rápidamente de este planteamiento; estoy convencido de que toda persona de cierta posición social se ve afectado por él, aunque sea, sólo en algunos aspectos, y aunque, respecto a grupos todavía más favorecidos, resulte injustamente discriminado. Pero no olvidemos que el punto decisivo de referencia son los verdaderamente pobres en nuestros países y en el tercer mundo.
La tercera actitud está muy conectada con la anterior. Tal vez sea posible reducir los gastos y llevar, una vida: mucho más sencilla, sin chocar demasiado con la sociedad, aunque en el fondo le desagrade nuestra actitud y por ello precisamente le haga bien. Pero si lo que pretendemos es reducir nuestros ingresos, en cuanto que ellos nos vienen de nuestra participación en una estructura injusta, ello no es posible hacerlo sin
transformar la misma estructura. Entonces es inevitable, que los que se sientan con nosotros desplazados de, sus puestos de privilegio adopten una actitud de defensa y contra ataque.
Un recurso demasiado fácil sería la renuncia a todo puesto de influjo.
Pero aquí también podríamos hacemos mutuamente luz en el seno de las Asociaciones de Antiguos Alumnos. Deberíamos contar para ello con nuestros Antiguos Alumnos pertenecientes a la clase obrera. Si bien el enfoque de esta segunda parte de mi conferencia se ha movido en otras perspectivas, no conviene olvidar que los principales agentes de transformación y de cambio han de ser los más oprimidos, de los que los más privilegiados, al asumir su causa, son simples colaboradores instalados en los puntos de control de la estructura que se pretende cambiar.
C. El hombre «espiritual»
Llegamos al término de la charla donde quiero mostrar, cómo sólo el hombre de Dios, el hombre «espiritual», en el sentido de estar llevado por el Espíritu, puede ser a la larga el hombre para los demás, el hombre para la justicia, capaz de contribuir a una verdadera transformación del mundo que vaya eliminando de él las estructuras, de pecado.
Me voy a limitar a dos rasgos especificadores de este hombre «espiritual».
a) La infusión de amor.
El amor según San Juan, parte siempre de Dios. El tiene la iniciativa. No consiste el amor en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos ha amado.
b) Discreción de Espíritus.
Este primer rasgo de nuestra vida en el Espíritu es sin duda el principal y el motor de todo. Pero no basta. No basta con amar, hay que amar discretamente. Y aquí es donde interviene el segundo sentido de lo que entendemos por hombre «espiritual».
Este mundo concreto, del que tenemos que desalojar la injusticia que se instala en nosotros y en la estructura de la sociedad, es de hecho un producto del influjo conjugado del Espíritu Santo y del pecado. Por ello, en la lucha por la justicia, necesitamos del don de consejo y discernimiento, del carisma de discreción de espíritus, para saber separar lo que es de Dios y lo que es del pecado en cada rasgo del mundo. Por medio de este discernimiento hemos de descubrir donde está, y sobre todo donde se adensa el pecado del mundo. Y, entreverados en la misma trama, hemos de descubrir también los signos de los tiempos, que nos pueden dar pistas de cómo hay que proceder para desalojar el pecado de sus reductos.
Tampoco hay que descartar que la voz del Espíritu se dirija directamente a nosotros para enseñamos y marcamos nuevos caminos y soluciones. Pero sólo el que posee el Espíritu es capaz de descubrir y entender adecuadamente al Espíritu, donde quiera que se manifieste.
CONCLUSIÓN
Este es el ideal del hombre, del hombre al que tienden nuestros esfuerzos formativos, el hombre «espiritual», pneumático o «pneumatos», conducido y sostenido por el Pneuma de Dios, por el Espíritu Santo. Es el «homo humanos», «concors «, «philantropus»‘ es decir, profundamente humano, amante de la concordia y de los hombres.
Normalmente ese hombre será también el «homo religiosus» abierto a la transcendencia y, si su religiosidad es genuina, ligará en unidad indestructible el amor de Dios y el amor a los hombres. Pero ese ideal no es posible hasta el fondo sin la acción de Dios que nos transforma en el «homo novus», el hombre nuevo, la nueva criatura, cuyo último principio vital es el mismo Espíritu Santo.
Ese es el «homo spiritualis » que, porque es capaz de amar, incluso a los enemigos, en este mundo malo, es también capaz de transformar al mundo; y, porque tiene el carisma del discernimiento, es capaz de descubrir y sumarse activamente al dinamismo más profundo y eficaz de la historia, aquel que la empuja hacia la construcción, ya iniciada, del Reino de Dios.
Cristo es además y finalmente, el fundamento de ese «magis» tan ignaciano, que nos mueve a no ponerle nunca límites a nuestro amor, a decir siempre «más» y «más», a buscar siempre la «mayor Gloria de Dios», que concretamente se realiza en la mayor entrega al hombre y a la causa de la Justicia.
(Este es un resumen de la carta del P. Arrupe a los Antiguos Alumnos reunidos en Valencia en el año 1994)